Wednesday, December 19, 2007

Sección Joyitas: Borges "Los Teólogos"


Cuento completo. Transcripción por Henzo Lafuente. Noviembre 2001

Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina. El texto que las llamas perdonaron gozó de una veneración especial y quienes lo leyeron y releyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el autor sólo declaró esa doctrina para poder mejor confutarla.Un siglo después, Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del Danubio la novísima secta de los monótonos (llamados también anulares) profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían desplazado a la Cruz. Todos temían, pero todos se confortaban con el rumor de que Juan de Panonia, que se había distinguido por un tratado sobre el séptimo atributo de dios, iba a impugnar tan abominable herejía.
Aureliano deploró esas nuevas, sobre todo la última. Sabía que en materia teológica no hay novedad sin riesgo: luego reflexionó que la tesis de un tiempo circular era demasiado disímil, demasiado asombrosa, para que el riesgo fuera grave. (Las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia.) Más le dolió la intervención - la intrusión - de Juan de Panonia. Hace dos años, éste había usurpado con su verboso De septima affectiones dei sive de aeternitate un asunto de la especialidad de Aureliano; ahora, como si el problema del tiempo le perteneciera, iba a rectificar, tal vez con argumentos de Procusto, con triacas más temibles que la Serpiente, a los anulares... Esa noche, Aureliano pasó las hojas del antiguo diálogo de Plutarco sobre la cesación de los oráculos; en el párrafo veintinueve, leyó una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de mundos, con infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas y Poseidones. El hallazgo le pareció un pronóstico favorable; resolvió adelantarse a Juan de Panonia y refutar a los heréticos de la Rueda.
Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella; Aureliano, parejamente, quería superar a Juan de Panonia para curarse del rencor que éste le infundía, no para hacerle mal. Atemperado por el mero trabajo, por la fabricación de silogismos y la invención de injurias, por los nego y los autem y los nequaquam, pudo olvidar ese rencor. Erigió vastos y casi inextricables períodos, estorbados de incisos, donde la negligencia y el solecismo parecían formas del desdén. De la cacofonía hizo un instrumento. Previó que Juan fulminaría a los anulares con gravedad profética; optó, para no coincidir con él, por el escarnio. Agustín había escrito que Jesús es la vía recta que nos salva del laberinto circular en que andan los impíos; Aureliano, laboriosamente trivial, los equiparó con Ixión, con el hígado de Prometeo; con Sísifo, con aquel rey de Tebas que vio dos soles; con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, con mulas de noria y con silogismos bicornutos. (Las fábulas gentílicas perduraban, rebajadas a adornos.) Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permitió cumplir con muchos libros que parecían reprocharle su incuria. Así pudo engastar un pasaje de la obra De principiis de Orígenes, donde se niega que Judas Iscariote volverá a vender al Señor, y otro de los Academica priora de Cicerón, en el que éste se burla de quienes sueñan mientras él conversa con Lúculo, otros Lúculos y otros Cicerones, en número infinito, dicen puntualmente lo mismo, en infinitos mundos iguales. Además esgrimió contra los monótonos el texto de Plutarco y denunció lo escandaloso de que a un idólatra le valiera más el lumen naturae que a ellos la palabra de Dios. Nueve días le tomó ese trabajo; el décimo, le fue remitido un traslado de la refutación de Juan de Panonia.
Era casi irrisoriamente breve; Aureliano la miró con desdén y luego con temor. La primera parte glosaba los versículos terminales del noveno capítulo de la Epístola a los Hebreos, donde se dice que Jesús no fue sacrificado muchas veces desde el principio del mundo, sino ahora una vez en la consumación de los siglos. La segunda alegaba el precepto bíblico sobre las vanas repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y aquel pasaje del séptimo libro de Plinio, que pondera que en el dilatado universo no hay dos caras iguales. Juan de Panonia declaraba que tampoco hay dos almas y que el pecador más vil es precioso como la sangre que por él vertió Jesucristo. El acto de un solo hombre (afirmó) pesa más que los nueve cielos concentricos y trasoñar que puede perderse y volver es una aparatosa frivolidad. El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego. El tratado era límpido, universal; no parecía redactado por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quizá, por todos los hombres.
Aureliano sintió una humillación casi física. Pensó destruir o reformar su propio trabajo; luego, con rencorosa probidad, lo mandó a Roma sin modificar una letra. Meses después, cuando se juntó con el concilio de Pérgamo, el teólogo encargado de impugnar los errores de los monótonos fue (previsiblemente) Juan de Panonia; su docta y mesurada refutación bastó para que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Esto ha ocurrido y volverá a ocurrir, dijo Euforbo. No encendéis una pira, encendéis un laberinto de fuego. Si aquí se unieran toda las hogueras que he sido, no cabrían en la Tierra y quedarían ciegos los ángeles. Esto lo dije muchas veces. Después gritó, porque lo alcanzaron las llamas.
Cayó la Rueda ante la Cruz (1), pero Aureliano y Juan prosiguieron su batalla secreta. Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón, guerreaban con el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue invisible; si los copiosos índices no me engañan, no figura una sola vez el nombre del otro en los muchos volúmenes de Aureliano que atesora la Patrología de Migne. (De las obras de Juan, sólo han perdurado veinte palabras.) Los dos desaprobaron los anatemas del segundo concilio de Constantinopla; los dos persiguieron a los arrianos, que negaban la generación eterna del Hijo; los dos atestiguaron la ortodoxia de la Topographia christiana de Cosmas, que enseña que la Tierra es cuadrangular, como el tabernáculo hebreo. Desgraciadamente, por los cuatro ángulos de la tierra cundió otra tempestuosa herejía. Oriunda del Egipto o del Asia (porque los testimonios difieren y Bousset no quiere admitir las razones de Harnack), infestó las provincias orientales y erigió santuarios en Macedonia, en Cartago y en Tréveris. Pareció estar en todas partes; se dijo que en la diócesis de Britania habían sido invertidos los crucifijos y que a la imagen del señor, en Cesárea, la había suplantado un espejo. El espejo y el óbolo eran emblemas de los nuevos cismáticos.
La historia los conoce por muchos nombres (especulares, abismales, cainitas), pero de todos el más recibido es histriones, que Aureliano les dio y que ellos con atrevimiento adoptaron. En Frigia les dijeron simulacros, y también en Dardania. Juan Damasceno los llamó formas; justo es advertir que el pasaje ha sido rechazado por Erfjord. No hay heresiólogo que con estupor no refiera sus desaforadas costumbres. Muchos histriones profesaron el ascetismo; alguno se mutiló, como Orígenes; otros moraron bajo tierra, en las cloacas; otros se arrancaron los ojos; otros (los nabucodonosores de Nitria) "pacían como los bueyes y su pelo crecía como de águila". De la mortificación y el rigor pasaban, muchas veces, al crimen; ciertas comunidades toleraban el robo; otras, el homicidio; otras, la sodomía, el incesto y la bestialidad. Todas eran blasfemas; no sólo maldecían del Dios cristiano, sino de las arcanas divinidades de su propio panteón. Maquinaron libros sagrados, cuya desaparición deploraban los doctos. Sir Thomas Browne, hacia 1658, escribió "El tiempo ha aniquilado los ambiciosos Evangelios Histriónicos, no las Injurias con que se fustigó su Impiedad"; Erfjord ha sugerido que esas "injurias"(que preserva un códice griego) son los evangelios perdidos. Ello es incomprensible, si ignoramos la cosmología de los histriones.
En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 ("perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores") y 11:12 ("el reino de los cielos padece fuerza") para demostrar que la Tierra influye en el cielo, y a I Corintios 13:12 ("vemos ahora por espejo, en oscuridad") para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá contaminados por los monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos proyectan en reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme; si fornicamos, el otro es casto; si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él. (Algún eco de esas doctrinas perduró en Bloy.) Otros histriones discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la cifra de sus posibilidades: ya que no puede haber repeticiones, el justo debe eliminar (cometer) los actos más infames, para que éstos no manchen el porvenir y para acelerar el advenimiento del reino de Jesús. Ese artículo fue negado por otras sectas, que defendieron que la historia del mundo debe cumplirse en cada hombre. Los más, como Pitágoras, deberán transmigrar por muchos cuerpos antes de obtener su liberación; algunos, los proteicos, "en el término de una sola vida, son leones, son dragones, son jabalíes, son agua y son un árbol". Demóstenes refiere la purificación por el fango a que eran sometidos los iniciados en los misterios órficos; los proteicos, analógicamente, buscaron la purificación por el mal. Entendieron, como Carpócrates, que nadie saldrá de la cárcel hasta pagar el último óbolo (Lucas 12:59), y solían embaucar a los penitentes con este otro versículo: "Yo he venido para que tenga vida los hombres y para que la tengan en abundancia"(Juan 10:10). También decían que no ser un malvado es una soberbia satánica... Muchas y divergentes mitologías urdieron los histriones; unos predicaron el ascetismo; otros la licencia, todos la confusión. Teopompo, histrión de Berenice, negó todas las fábulas: dijo que cada hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.
Los herejes de la diócesis de Aureliano eran de los que afirmaban que el tiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se refleja en el cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades romanas, Aureliano la mencionó. El prelado que recibiría el informe era confesor de la emperatriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le vedaba las íntimas delicias de la teología especulativa. Su secretario - antiguo colaborador de Juan de Panonia, ahora enemistado con él - gozaba de renombre de puntualísimo inquisidor de heterodoxias; Aureliano agregó una exposición de la herejía histriónica, tal como ésta se daba en los conventículos de Genua y de Aquilea. Redactó unos párrafos: cuando quiso escribir la tesis atroz de que no hay dos instantes iguales, su pluma se detuvo. No dio con la fórmula necesaria: las admoniciones de la nueva doctrina ("¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna ¿Quieres oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro. ¿Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra. Verdaderamente digo que Dios está por crear el mundo") eran harto afectadas y metafóricas para la transcripción. De pronto, una oración de veinte palabras se presentó a su espíritu. La escribió, gozoso; inmediatamente después, lo inquietó la sospecha de que era ajena. Al día siguiente, recordó que la había leído hacía muchos años en el Adversus annulares que compuso Juan de Panonia. Verificó la cita; ahí estaba. La incertidumbre lo atormentó. Variar o suprimir esas palabras era debilitar la expresión; dejarlas, era plagiar a un hombre que aborrecía; indicar la fuente, era denunciarlo. Imploró el socorro divino. Hacia el principio del segundo crepúsculo, el ángel de su guarda le dictó una solución intermedia. Aureliano conservó las palabras, pero les antepuso este aviso: Lo que ladran ahora los heresiarcas para confusión de la fe, lo dijo en este siglo un varón doctísimo, con más ligereza que culpa. Después, ocurrió lo temido, lo esperado, lo inevitable. Aureliano tuvo que declarar quién era ese varón; Juan de Panonia fue acusado de profesar opiniones heréticas.
Cuatro meses después, un herrero del Aventino, alucinado por los engaños de los histriones, cargó sobre los hombros de su hijito una gran esfera de hierro, para que su doble volara. El niño murió; el horror engendrado por ese crimen impuso una intachable severidad a los jueces de Juan. Éste no quiso retractarse; repitió que negar su proposición era incurrir en la pestilencial herejía de los monótonos. No entendió (No quiso entender) que hablar de los monótonos era hablar de los ya olvidados. Con insistencia algo senil, prodigó los períodos más brillantes de sus viejas polémicas; los jueces ni siquiera oían lo que los arrebató alguna vez. En lugar de tratar de purificarse de la más leve mácula de histrionismo, se esforzó en demostrar que la proposición de que lo acusaban era rigurosamente heterodoxa. Discutió con los hombres cuyo fallo dependía su suerte y cometió la máxima torpeza de hacerlo con ingenio y con ironía. El 26 de octubre, al cabo de una discusión que duró tres días y tres noches, lo sentenciaron a morir en la hoguera.
Aureliano presenció la ejecución, porque no hacerlo era confesarse culpable. El lugar del suplicio era una colina, en cuya verde cumbre había un palo, hincado profundamente en el suelo, y en torno muchos haces de leña. Un ministro leyó la sentencia del tribunal. Bajo el sol de las doce, Juan de Panonia yacía con la cara en el polvo, lanzando bestiales aullidos. Arañaba la tierra, pero los verdugos lo arrancaron, lo desnudaron y por fin lo amarraron a la picota. En la cabeza le pusieron una corona de paja untada en azufre; al lado, un ejemplar del pestilente Adversus annulares. Había llovido la noche anterior y la leña ardía mal. Juan de Panonia rezó en griego y luego en un idioma desconocido. La hoguera iba a llevárselo, cuando Aureliano se atrevió a alzar los ojos. Ls ráfagas ardientes se detuvieron; Aureliano vio por primera y última vez el rostro del odiado: Le recordó el de alguien, pero no pudo precisar el de quién. Después, las llamas lo perdieron; después gritó y fue como si un incendio gritara.
Plutarco ha referido que Julio César lloró la muerte de Pompeyo; Aureliano no lloró la de Juan, pero sintió lo que sentía un hombre curado de una enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en Éfeso, en Macedonia dejó que sobre él pasaran los años. Buscó los arduos límites del Imperio, las torpes ciénagas y los contemplativos desiertos, para que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una celda mauritana, en la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación contra Juan de Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más le costó justificar su tortuosa denuncia. En Rusaddir predicó el anacrónico sermón Luz de las luces encendida en la carne de un réprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un monasterio cercado por la selva, lo sorprendió una noche, hacia el alba, el rumor de la lluvia. Recordó una noche romana en que lo había sorprendido, también, ese minucioso rumor. Un rayo, al mediodía, incendió los árboles y Aureliano pudo morir como había muerto Juan
El final de la historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia ( el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.

Notas:
(1) En las cruces rúnicas los dos emblemas enemigos conviven entrelazados.

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Sección Joyitas: Borges, "La escritura de Dios"


Transcripción del cuento, por Henzo Lafuente. www.apocatastasis.com. Noviembre 2001

La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso(que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro, hay un jaguar, que mide en secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto y un carcelero que ha ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después, empecé a avistar el recuerdo; era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que rodeara una cárcel, no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.
Esta reflexión me animó y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la Tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ella podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra de dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos, las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invunerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizás yo mismo fuera el fin de mi busca (búsqueda). En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.
Un día o una noche - entre mis días y mis noches, ¿qué diferencia cabe? - soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir, indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente.
Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de los sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la rodaja, el cordel, la carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circustancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo. El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre. En una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a De Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él ahora no es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

A Emma Risso Platero

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Wednesday, November 14, 2007

Sopesando ficciones: Prologo del Alienígena.

Comienzo de Transmisión...

Síntesis:

La realidad es,
simplemente,
una ficción mas
directamente producida, dirigida
y basada
en las huellas del ser, existir y compartir
en espacio y tiempo monopólico,
algunos supuestos, recuerdos, anécdotas.

Un protocolo cognoscitivo,
simplemente,
una ficción acerca de las necesidades,
montada sobre argumentos indiscutibles,
aunque siempre en discusión.

Mas pienso,
y no eyaculando sagacidad,
que muchos mortales comen
gracias a las ficciones
que crean, piensan,

comparten o
simplemente siguen celosamente.

La realidad, en realidad,
es simplemente la mas común,
de las ficciones.

El riesgo de no compartirla evoca,
y pone en relieve,
la necesidad mono-ficcionaria de esta especie extraña,
pero por sobre todo
marca a fuego la modalidad violenta
según la cual el gran espejo de la realidad
aplasta los fenómenos al proclamar su supremacía.

Por lo demás, lo verosímil,
pocas veces encuentra abrigo en la realidad.

Fin de la transmisión...

Tuesday, January 16, 2007

NIHILISMO



Un cursor tintileaba sobre una hoja en blanco hasta que alguien se puso a escribir.
Cuando éste individuo terminó su primer frase estéril, el artificio luminoso intermitente siguió, su espera. Era de esperar, el cursor, el fenómeno y la descripción del mismo.
El individuo paró, siguió y volvió a detenerse como pensativo. Observó y no con extrema sagacidad, que el tintileo del cursor estaba en armonía con el intervalo temporal que separa a un segundo de otro, un tercero digamos.
Dicho descubrimiento lo transportó a un estado particularmente interesante del cual rápidamente perdió interés (cosa que generalmente pasaba): el cursor no parecía ser un tema para su texto.
Mejor dicho, el escritor no encontraba la perspectiva desde donde acometer el fenómeno, pues él sabía tanto como yo, que la anécdota no hace al abuelo un mejor disertante.
Ahora sí, al tratar de describir su propia frustración con respecto al poco fecundo tema del cursor, el escritor encontró la metáfora del abuelo.
El individuo mira como por un sextante y se hace la pregunta esotérica que todos estábamos esperando: "¿No será que el abuelo no tiene nada para contar, y solamente sus ganas de describir parecen llenar las expectativas de la audiencia?"
Luego de formular la pregunta, el escritor se siente un abuelo por un instante que ya es pasado.
¿Acaso dicho instante le ha generado una anécdota o solo guarda de él un vago recuerdo que llena con la descripción?
Me inclino poderosamente sobre la segunda opción precipitándome de una manera tal que la aplasto. La descripción, como un bandoneón, se vuelve a inflar empujándome hacia atrás. Se ha generado una anécdota.

Tuesday, November 21, 2006

Entrevista a la Srta. Conninghale.

Entrevista a la Srta. Conninghale.
Esta entrevista fue realizada por Leignorant en el Sanatorio M´autone a la Nurse que atendió a Equilibrio Podestá luego del conocido pico de presión que presentó el célebre escritor, a mediados de la fecunda y equilibrista década de 1980 en la cual, supuestamente, se terminó con la polarización del águila y el oso.
(Los guarismos aseguran que: 1980+(10/2)=1985).

En aquel entonces el sanatorio presentaba una planta clara, simple, rápida de leer, o sea, una planta autóctona en el hall sin ningún guardia o cosa parecida. Fue por ello y no por mi capacidad escurridiza, que di con Conninghale. Ella estaba limpiando los flujos de algún ser humano mientras aparezco yo, por detrás y pronuncio en Mi menor y con fuga a Fa: Cooonninghale!!??
El súbito cambio armónico del ambiente produjo que la Srta.Connighale se pusiera de pié, demasiado rápido tal vez. Dicho fenómeno me produjo un hematoma en la parte baja del mentón, por lo cual, ella accedió sin mediar palabras a esta entrevista forzada que aquí transcribo y que en su momento se llamó consulta.
_Srta Cooninghale: Duele?
_Leignorant: No.
_Srta Cooninghale: Duele?
_Leignorant: Mas o menos.
_Srta Cooninghale: Duele?
_Leignorant: Si, ahora si.
_Srta Cooninghale: Bueno, bárbaro, ahora sí, pregunte lo que quiera menos sobre casos de eutanasia y fútbol uruguayo.
_Leignorant: Muy bien. No quiero presionarla pero permítame acostarme sobre usted para verificar una tesis que tenemos nosotros los intelectuales de la educación física.
La Srta. Cooninghale accedió a mi exhorto, no sin mirarme a los ojos dos veces, tipo cambio de luces, con desconfianza hacia el otro. Yo, por una simple cuestión circular y luego de haberme acostado sobre ella pregunte:
_Leignorant: Duele?.
_Srta Cooninghale: No
_Leignorant: Duele?.
_Srta Cooninghale: Mas o menos.
_Leignorant: Duele?.
_Srta Cooninghale: Si, si salí.
Salgo de la posición que a ambos resultaba incómodamente cómoda y equilibramos la perspectiva con el simple fin un diálogo periférico, alrededor del marco teórico conocido como Podestá.
_Leignorant: Bueno Srta.Cooninhale, la he puesto a prueba por razones de Equilibrio.
_Srta Cooninghale: ¿Cómo?
_Leignorant: Primero quería corroborar su capacidad de mártir medicinal y a su vez despejo mis dudas sobre su persona ya que, resistiendo mi peso, usted ha podido resistir toda la pesada de Equilibrio. Por lo menos ese es el procedimiento base que me enseñaron en la escuela de Intelectuales en educación física: conciliar gravedad con masa en pos de lo cuantitativo a fin de comparar.
_Srta Cooninghale: Si seguro. Ah Podestá!. Claro que si, mirá que fue un paciente complicado.
_Leignorant: Me lo imagino, pues no se caracteriza por su paciencia, sobretodo en los sanatorios o en cualquier superficie excesiva y excesivamente iluminada con fluorescencias.
_Srta Cooninghale: Tiene usted razón señor. Pero el problema más grande de Podestá no era con las selectas luminarias de este sanatorio ni con sus respectivas fuentes de luz, sino con la Gerencia, los Sanitarios y la Intendencia.
_Leignorant: Pídole Srta. Cooninghale que desarrolle su aseveración pues yo creo saber a que se refiere pero, también, quiero tratar de no saberlo así esta entrevista encuentra algo de justificación.
_Srta Cooninghale: Es usted muy amable en dejarme expandir mis comentarios ya que los programas de radio siempre me cortan donde a ellos les gusta y me citan en cualquier contexto o sintexto.
_Leignorant: No se preocupe Srta.Cooninhale, nosotros hacemos lo mismo, simplemente aseveramos lo contrario y no tenemos publicidad entre páginas, creo.
_Srta Cooninghale: Bueno caballero, no se vaya por las hojas que en su proceso de descomposición alimentan a las raíces.
_Leignorant: Tiene razón, disculpe, no querría ser tan profundo lo mío. Ahora cuénteme de su experiencia equilibrista.
La Nurse abre la cortina de una manera tal que su cuerpo, en definida silueta, queda enmarcado por el luminoso vano. Ella gira mientras sus largos cabellos ondulan casi libremente con el aire acondicionado, el cual, estaba visiblemente encadenado al toma-coriente. Se saca cinco pelos de la boca y empieza su verdad.
_Srta Cooninghale: Lo que ahora le voy a contar sobre el señor Podestá quiero que no lo publique, pues puede dañar las mentes de los ciudadanos ilustres de nuestra tierra y a su vez, también es posible que estos conceptos tengan un impacto negativo sobre la fracción de amas de casa que nunca están en casa pero se hacen las que aman la cosa.
_Leignorant: Quédese tranquila que nuestro medio solamente media y entre muy pocas cosas.
_Srta Cooninghale: Bueno, sin embargo (pronunciado con triple a), si usted me recompensara por esta información yo estaría muy agradecida (razonamiento que por directo no es obvio).
_Leignorant: Seguro que si, y yo tendría doscientos pesos menos en el bolsillo.
_Srta Cooninghale: Usted preocúpese por la masa que yo me ocupo de la gravedad.
Saco cientocincuenta pesos de la nalga izquierda y le explico que eso es toda la masa que tengo. Ella los toma rápido, como el lobo a la solidaridad y los coloca bajo una cama tan antropomórfica que parecía un robot. Algunas monedas caen y un estrépito de castañuelas metálicas ocupa la banda sonora por un instante.
_Srta Cooninghale: Una noche de esas que se caracterizan por la ausencia de luz solar en forma directa, me tomé el atrevimiento de escuchar a través de los ticholos revocados. Entre el sonido típico del aire comprimido saliendo a presión por un orificio de radio variable, pude distinguir algún refunfuneo que, evidentemente pertenecía a Podestá.
Las chicas me habían advertido que, en la trece, estaba un impaciente bastante complicado a la hora de la sonda. Me contaban también de las pocas personas que venían a visitarlo y de los muchos intelectuales que querían inyectarle oxígeno en la sangre.
La curiosidad se apoderó de mi y no tuve más remedio que ofrecerme para llevarle el poco remedio que nos quedaba en stock. Todos los laxantes tenían que ser para Podestá.
_Leignorant: Perdón que la interrumpa pero, usted me habla de laxantes, explíquese.
_Srta Cooninghale: El caso Podestá era uno de los que denominamos "extraño" (ella pronunció esta última palabra mirando a su alrededor y bajando la voz mientras dos hombres de la CIA miraban por la ventana equivocada). Su cuadro presentaba un exceso de - perdóneme la pálabra – mierda que generaba picos de presión por encima del umbral superior. Tuvimos que cambiar el aparato de medición por un manómetro para poder cuantificar este "extraño" caso.
No había laxante que descomprimiera esta situación, probamos todo.
Solo a través de mis escuchas secretas pude dar con la solución. Supe que lo de Podestá no era un cuadro típico de la medicina sino algo más relacionado con lo existencial. O sea, no era un tema de supervivencia sino que parecía ser un caso de existencialismo renal agudo.
La creación de nuestra Biblioteca responde al caso Podestá. Al lado de la farmacia se encuentra la ventanilla del bibliotecario y el Servicio de Préstamos de ideas.
_Leignorant: Disculpe: ¿Ustedes prestan libros y venden medicamentos en el mismo lugar y bajo el mismo marco institucional?
_Srta Cooninghale: Si, déjeme explicarle y no me corte más, si es posible.
El acto de defecar es un instante, pero, para algunos es algo más. El señor Podestá citaba a Russell en sus sesiones, fue por ello que traté de dejarle algunos ejemplares de dicho autor, entre otros, bajo la cama. Me di cuenta, y no sin sorpresa, que el Impaciente iba mejorando cada vez que se convencía de algo, una vez digerida la cuestión, se higienizaba el ano tranquilo y sus manos lavaba en el lavabo.
Fueron sus ensayos en el eco del cerámico sanitario los que lograron otorgarle un sentido a la cagada y a la vida. Bajo ese manto de certezas, el señor Podestá pudo tirar de la cisterna.
Sin embargo es aquí donde empieza el problema. Las implicancias del sorete hicieron que el Impaciente denunciara al Sanatorio, a los Sanitarios y a la Intendencia.
_Leignorant: ¿Cuáles fueron las implicaciones y qué son precisamente las mismas?
_Srta Cooninghale: Podestá nos mostró como algo tan sagrado como el sorete es alejado de nuestras casas, desarraigado por la meta-higiene ciudadana. Al desplazar el plano de la cagada del cagador se suceden unos cuantos falsos supuestos. Por ejemplo, el supuesto más fácil de observar y de genealogía básicamente esteticista es directamente el que considera al humano como un no cagador.
_Leignorant: Disculpe. ¿Puede explicarse mejor? Porque...como decirle.....
_Srta Cooninghale: Según pude escucharle a Podestá, el ser humano es una: "bestia que piensa y anhela, bestia que come caga y considera, contemplativo y meditabundo, el sorete trancado en el inodoro y en sus implicancias".
Yo no creo que todos pensemos en las implicancias del sorete, es más, creo que ya nadie piensa en el sorete, todo por culpa del inodoro. Un aparato que tras solucionar el problema cultural del aroma añade la cuestión de la desustancialización de la cagada. Los únicos que piensan en el sorete son los Sanitarios y la Intendencia.
El sorete es, ahora y desde Roma, un sólido con cierta masa que, por gravedad, es alejado de los hogares con el fin de la Higiene. Un dos punto cinco porciento de pendiente garantiza la rápida huida del excremento y un aparato llamado sifón resguarda a los mortales del aroma de sus propias cagadas.
Es así mi querido entrevistador, el hecho de pensar y meditar sobre el sorete produjo una solución que ya estaba en la naturaleza. No hay mejor laxante que una buena meditación en la cagada. Sin embargo, cabe aclarar, ello es una causal del típico cuadro hemorroidal.
Uno no tiene porqué cagar al ritmo de la Tv, en los comerciales. Uno no tiene porqué olvidarse que caga.
_Leignorant: Sabe una cosa Srta. Cooninghale, no entiendo realmente: ¿Usted afirma que los seres humanos son inconscientes de sus cagadas?
_Srta Cooninghale: ¿Usted ve en alguna modelo a una ilustre y gran cagadora? Y dígame, ¿Observa usted en Albert Eintein un ejemplo de Gran Cagador? No lo creo. Ellos para muchos, simplemente no cagan.
Equilibrio cagó y sus cagadas pertenecen desde entonces y para siempre, al la gran vitrina de las cagadas ilustres. Cagadas reflexivas, en el sorete y en sus implicancias, sobretodo en la no disociación de lo anterior. Sabrá usted señor que no hay nada mas pedagógico que las cagadas, de ellas se aprende. Y yo he aprendido de las mías propias y por sobretodo, de las de el señor Podestá. Los submarinos de Equilibrio surcarán todos los colectores, pasando por el emisario en dirección Sur hacia el océano y tenga por seguro amigo, que ellos calarán profundo sobre el manto subacuático. Allí descansarán y se tendrán su última descomposición. En su desintegración, el sorete se dará cuenta de que ha sido un producto reflexivo. Peinará su blanca barba, colocará sus anteojos sobre alguna roca y se convencerá de que su desintegración es un hecho inevitable y necesario.
_Leignorant: Bueno, no entiendo realmente si usted quiere transmitirme un mensaje supermístico o simplemente le gusta metaforear. Igualmente, la invito, si usted quiere, a charlar el próximo sábado sobre éste y otros temas en mi estudio. ¿Le parece?
_Srta Cooninghale: No mire, soy casada y el sábado tengo cagada party.

Tuesday, October 31, 2006


Sobre el Célebre Equilibrio Podestá
Por Leignorant
Fotografía no autorizada de Equilibrio tomada en la Bienal de Venecia (Fuente : FP)


Navegando por el mar, impulsado por los vientos monopólicos de Antel, noté que a lo lejos se asomaba un peñasco, casualmente Batoví, cosa que no pasan por televisión abierta por cuestiones de asco. Cosa que no se cita en los textos por idénticas razones. Cosa a la cual todos se prenden como nene chico.
Las olas del Medinternetario golpeaban la proa por no decir que la proa las arrasaba con su prominente guillotina, partiendo la estela en un ángulo obtuso, que por ello, denotaba la velocidad típica de banda fina.
Al acercarme al peñasco, divisé el Oráculo de Delfos, hoy llamado Google.
Si bien la Efigie faltó sin aviso, el Oráculo funcionaba cada vez con más precisión, haciendo de los acertijos un artilugio innecesario.
Pregunté por el célebre Equilibrio Podestá y solo el tronar de las olas ocupó la banda sonora. Di con él pues el Azar (Dios) me puso entre sus versos.
Equilibrio, "un hombre del tiempo" según dicen, y no por su parecido con Vázquez Melo. Ni siquiera votó a Vázquez pues en Melo son todos Blancos, o Lubolos.
Podestá, un poeta, filósofo, y gran catador de vino. Ni el brillo del vino, ni su bouquet, ni siquiera el paladar engañaban sus catas. Todo derecho al estómago, pues su mitad pobre se lo exigía, como Papi la cédula.
En sus ratos de ocio, - o sea, en su vida – Equilibrio disertó sobre sus conocimientos clásicos acerca de esta bebida.
Cito parte del discurso que dio en el césped de ADM, sin ser presentado por Humberto de Vargas, cuyo contenido me fue relatado por una Cotorra Verde que, sobre un pino, aprehendió el fenómeno: "El Vino, amigos míos, V.I.N.O. Desgloso aquí parte de su genealogía. El vino se puede evaluar por sus siglas. Los Griegos lo nombraron V.I.N.O (largo debate mediante) pues considerando dicha concatenación de siglas podían evaluar su calidad. La (V) representa a la verdad, la (I) a la inocencia, la (N) a la nobleza y la (O) es ofuscación (si se lee sin los paréntesis es un ensayo sobre LA 440 Hz). En realidad dejo por aquí esta eyaculación de conocimiento pues ya he percibido que éste vino que estoy tomando, básicamente se evalúa con la última sigla."
Normalmente Equilibrio no era propenso a cortar su discurso pero cierto personaje que estaba cortando el césped (y los discursos) en ADM, aprovechó el sonido de su bordeadora para disuadir al célebre Podestá. Una disuasión más parecida al exhorto que sufren las clases bajas al acceder a un Shopping.
Además nuestro célebre personaje, medía sus versos con la métrica del VINO. Tal vez, la verdadera razón de su corte discursivo radique allí. Nunca lo sabremos. Mas no había una provisión próxima a las coordenadas de Equilibrio.
Podestá solo figura como fondo, él es un marco teórico en sí. Sus pensamientos se pueden ver en algunas obras de Borges como "La casa de Asterión". Si bien esto puede parecer anacrónico, Equilibrio siempre decía que el tiempo era relativo, al reloj.
Borges se reflejaba en Borges y Podestá lo hacía frente al espejo.
En las mañanas previas a la entrevista de trabajo, única ocasión en la que Equilibrio se afeitaba, él mismo se reinventaba y acababa decidiendo que lo suyo era la literatura. Por lo tanto no acudía a la Bolsa de Recursos Humanos ya que él no se consideraba un recurso y menos que menos, un humano. Además no le gustaba compartir espacios reducidos con nadie que no fuera una mujer y menos dentro de una bolsa.
Qué mas decir sobre Equilibrio Podestá, un hombre que se ahorraba el comentario de "el tiempo es oro" para que no lo llevaran preso como a Berch. Sus ojos distinguían solamente la carne, caracú y leche cuando a las vacas observaba. Guardando sus selectos mimos para acariciar todas las páginas en blanco que tenía a su frente.
Realmente un incomprendido, está en nosotros siempre con sus versos, su mirada rapaz y la busarda que graciosamente acompañaba sus trotes.
No tratemos de comprenderlo, basta con surcar sus versos para, al menos, disfrutarlo.

Sunday, October 08, 2006

Va sin mucho estilo

Me estreso, me stress so mucho, cuando
el ordenador se desordena. Mejor dicho cuando me mienten tan abiertamente que puedo percatarme de ello prescindiendo de reflexión alguna.
¿No que 2+2 son 4? ¿En qué te equivocas PC?




Yo también me equivoco pero me dijeron que lo tuyo era como un relojito en tiempo y espacio.
¿Podrá alguna fuerza externa como la gravitatoria modificar en algo tu ciclo de cálculos, tus asociaciones prestidigitadas, esas cosas que solo tu memoria y algunos desmemoriados saben?
Yo solo interfiero en tus grandes reflexiones mediante un teclado y un mouse, pocas veces entro por el USB. Mientras lo tuyo es cuelgue tras cuelgue.Te tomas unos tiempos que ni Pitágoras consumía.
Supuestamente en tu interior reina el orden y extramuros el desorden humano.
¿Pero cuál es tu interior? Tomo el philips con la derecha mientras te acuesto sobre una mesa debidamente despejada para poder extraer tus frías chapas grises. Sé que me miras, y me inspiras, pero no puedo percibir tu focos visuales, por lo cual, desisto de romanticismo alguno aunque no abandono la personificación del objeto.
Ya sin tus chapas, te muestras desnuda, armazón de lata con lunares galvanizados.
El polvo reina, paradójicamente, tanto en tus mejillas como en tu interior, entre todas tus joyas reticulares causalmente urbanas sobre la traza del silicio.
Pero no completo la idea de tu interior, ni siquiera descuartizándote hasta el neutrón.
Tu alma debería habitar esa ciudad de insectos electrónicos japoneses y tailandeses.
La ciudad prohibida, la que el electricista te exhorta a no tocar bajo ningún concepto y por arriba tampoco. La gran SOYO inc.
¿Habitará allí tu alma?
Me dicen que con los ceros y los unos hacés maravillas en los semáforos de hogar. Sin embargo son tan solo tareas prestidigitadas, que en ocasiones, te sobrepasan.
Si pudiera llegar a tu alma averiguaría el porqué del desorden. Aunque temo que puedo hacerlo sin mucha reflexión mediante y sin llegar a tu alma también.
Estás tan atestada de descordinación empresarial que ni el sicólogo Bill te puede tratar.
Hubo alguna vez, un profeta, Norton nuestro señor Indesinstalable. Cuando Norton nuestro señor, supo bajar la escalera del Download todo era revelación.
Sus apóstoles: Carencio Windoctor, Solidario Disk Doctor y el estoico Judas NAV.
Con ellos se empezaba a decodificar una inefable solución final al problema de la descordinación empresarial.
Otros hermanos pertenecientes a la congregación del Bonus Pack, profesaron profusamente el profundo dogma Médico Empresarial de las cosas virtuales (así lo llamaban). La solución era mágica, pero incansablemente el sicólogo Bill luchaba por la incopatibilidad o muerte.
Otra manera de concebir la mísma manzana de la misma manera fue la aparición de Nuestro Señor Apple de los campos Mackintosh. Sin embargo el sicólogo Bill dominaba a los fieles y se permitía agregar caos al sistema para luego ser aclamado por las masas leudando.
Luego de un largo trecho llega Federico Linuxzche, pega el verticalazo pero nada se cae. Muchachos con sobretodo, lentes, remera, calzoncillos, medias, curitas y cinturón negro se juntan a adorar al nuevo profeta en unos templos de plasma y luz, también, negra.
Pero, el sicólogo, si el mismo, Bill God the gate i´ve opened, tuvo éxito tras años de presentaciones y diapos en espacios símil ADM.
Vuelvo a colocarte las chapas, y lo hago con lástima. Presento las chavetas alineadas y deslizo la hoja hasta pasado el imperceptible click que siempre esperé. Giro el philips tratando de no hacerte daño y te vuelvo a colocar vertical, estoica pero triste.
Como en todo, el caos pasa de creador a creado en forma de pecado.



LEIGNORANT

Saturday, October 07, 2006

Pensaba el equino, y personalmente pienso


Eurípides, un petiso ya entrado en años, retirado del polo, observa sus cascos sobre el espejo del asfalto, ya que sus laterales están coartados por unos hermosos anteojos que su actual amable amo, el excelentísimo Alfredo Omega, le ha generosamente regalado sin celebrar ocasión especial alguna para ello.
Reflejos de rojo, amarillo y verde se sucedían aparentemente sincronizados, con un esperable sablazo que ya forma parte de un arcorreflejo bastante bien asimilado por Eurípides, el dolor del reflejo, el revenque de Alfredo Omega.
Su matrícula tenía un número místico, que, según ellos, estaba relacionado con sus colegas: los CUCTSA. Eurípides encontraba asimismo, una esotérica relación entre sus anteojos y los retrovisores de sus camaradas; en los cuales reconocía su figura, la roja, amarilla, verde y el dolor.
Pensaba el equino, y personalmente pienso, con razón, que todos los que sobre el asfaltazo circulaban, tenían algo en común. Las reflexiones de Eurípides no pasaban de eso pero sin embargo nunca cometía el error de equivocarse al momento de juzgar.
Su padre siempre le decía: niño, o se corre o se carga. Frase que el equino siempre repetía a sus colegas con complicidad mientras ellos le echaban el humo en la cara.
Entrado en sus años ya, Eurípides se había convertido en adicto al humo de sus colegas, quienes nunca pasaban una. Sin embargo el petiso sospechaba que el catarro era producto de dichas instantáneas reuniones en la esquina. Claro, pensaba el equino, la esquina y personalmente pienso, con razón, que era difícil equivocarse en dicho juicio.
Una ocasión lo iluminó y pudo reflexionar con más desarrollo en cuanto a la concatenación de conceptos y analogías bajo aquella constelación de sodio y mercurio que noche a noche pintaba sus crines. Bajando la cuchilla de Rivera por el camino de las tropas de Luis Alberto de Herrera, fue que vio aquello sobre lo que sus cascos se posaban con violencia. Su sorpresa no fue causada por la sustancia del sustrato sino que le llamó la atención aquel monólogo de juntas de dilatación, esa raviolera de tratamientos bituminosos, carpetas asfálticas y hormigón. Aquella extensión de nada lo dejó perplejo.
Mirándola a ella, la nada, tuvo el coraje de entresacarse los anteojos, girar su sudoroso cuello e increpar silenciosamente a Alfredo, mientras éste último cargaba cositas provenientes del restorán de una gaviotita con la cual Eurípides simpatizaba.
El petiso gritaba mientras clavaba todas sus cavidades faciales en Alfredo:
_ Ustedes colegas, ¿no se las arreglan con un rolo horizontal para estacionar?. Podrá ser posible que tamaña grosería de suelo caliente o totalmente congelado, sea solo porque Rosarito quiere seguir caminando exclusivamente dentro de casa.

Así era, así es, Rosarito, la esposa de Alfredo, llevaba consigo (sobre Eurípides) un hermoso caminador que había encontrado acomodado sobre cierto flamante y ordenado depositario de residuos agradables, precisamente en el valle de Nuestra Virgen Santa y Solidaria María Auxiliadora de los Pocitos y las Carretas 4x4.
Eurípides, en esos arranques de Filósofo que le estaban ocurriendo últimamente, demostró cientificamente (es decir, este..., eso: cientificamente, no se si..) que sus colegas no eran tales. Además descubrió, como corolario, que científicamente no se puede hacer filosofía y finalmente se dio cuenta de que el corolario era algo así como un axioma. Cosa que archivó y nunca más se le pasó por la cabeza volver a tocar dicho tema, pues era un pitagórico equino propenso tanto al olvido como a olvidar algunas cosas.
En unos de esos memorables olvidos, pensó:
_Eurípides: me olvidé de lo que había demostrado pero igualmente, pasan por entre mis anteojos algunos aspectos que creo evidentes si se me permite dicho verticalazo.
Ustedes jinetes, son siempre iguales: chiche nuevo que aparece lo ponemos en práctica ecuestre lo que cueste para nosotros los ecuestres y para ustedes los ecuestradores que mantienen cautiva y juegan con la $.
No importa si el medio cambia, todo cambia o presuntamente tendría que cambiar para satisfacer no se que línea graduada; y si no cambia empieza a picarles la piel.
Aparece una cosita y ustedes ya hormigonean todo a bomba y dale que es tarde. No es así la cosa ni tampoco así la cosita es!
La cosa cambia por la cosita pero a su vez ustedes cambian por la cosa y todo se transforma. Mas allá de que ustedes inventan las cositas y hasta creen que actúan en la cosa conscientemente. ¿Conscientemente?
Muchaaa chos, un rolo horizontal y las ciudades ocuparían solo el 40,37% de la extensión actual, podrían dormir siesta y hasta picadito seguro se puede armar. Eso si, tal vez - y lo digo con mucha reticencia – el picadito no sea transmitido por Tv, así como tampoco bastará con caminar en casa. Habrá que volver a caminar outdoors, ¿tanto cuesta Rosarito? ¿Tanto tiene que doler la vía del confort?
Uy, verde, revencazo.



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